# ¿Las ciudades inteligentes también pueden equivocarse?

Las ciudades nunca han tenido tanta información para tomar decisiones. Sin embargo, persisten los debates sobre la vivienda, la transformación de los centros urbanos, la pérdida del comercio local o la proliferación de edificios vacíos.

Mientras tanto, seguimos hablando de “smart cities”. Ciudades inteligentes que incorporan sensores, plataformas y nuevas tecnologías con el objetivo de mejorar la calidad de vida de residentes y visitantes, tanto en entornos urbanos como rurales.

¿Es realmente inteligente una ciudad por disponer de más tecnología, pantallas informativas o indicadores sobre el tiempo, las plazas de aparcamiento o el consumo energético? Más allá de los debates sobre privacidad, la verdadera cuestión debería ser otra: cómo incorporar los datos a la toma de decisiones para reforzar el planeamiento urbano y la gestión urbanística, haciendo más objetivas las actuaciones que terminan rediseñando el contorno de nuestras ciudades.

Problemas tan cotidianos como el acceso a la vivienda o la rehabilitación de edificios vacíos siguen presentes en la conciencia colectiva y ponen en duda si esas decisiones responden realmente a las prioridades de quienes viven la ciudad.

Las ciudades, las plazas y las calles seguirán transformándose. Lo han hecho siempre para adaptarse a las necesidades y a las realidades sociales de cada momento.

No se trata de limitar la discrecionalidad administrativa, sino de enriquecerla con información que permita comprender mejor cómo afectan esas decisiones, cuando se acumulan, a la vivienda, la actividad económica, la movilidad, la demografía o la calidad del espacio urbano. Incorporar escenarios de futuro apoyados en datos es, sencillamente, una mejor forma de gobernar.

Pero para que los datos formen parte de las decisiones públicas no basta con disponer de más tecnología. Es necesario dotarse de un modelo de gobernanza que determine qué información debe analizarse, cómo se obtiene, quién responde de su calidad y de qué manera se incorpora a los procesos de planificación y gestión. Un proceso estratégico de participación pública puede ser el primer paso para construir ese modelo y convertir el dato en un criterio transversal de las políticas urbanas.

La verdadera ciudad inteligente no es aquella que instala más sensores o más pantallas informativas. Es aquella capaz de convertir los datos en criterio para decidir, explicar públicamente por qué adopta determinadas actuaciones y evaluar si esas decisiones acercan realmente a la ciudad que quiere construir.

Porque una ciudad no se transforma únicamente con tecnología. Se transforma cuando utiliza el conocimiento para gobernar mejor.

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